Costras

Sigue aullándole a la luna todos los días de primavera que yo aquí, en mi madriguera, he decidido emigrar a otros valles donde la luna es nueva por cada gemido antes del despertar. Y las estrellas, que antes titilaban con cada suspiro, ahora se resignan a contemplar que en tu cama los cortejos son de segunda mano y en los besos no hay amor, sólo hay piedad. Coagulada está la sangre de tanta caída, pues aunque gorda sea la piedra volvemos a tropezar y la puta gravedad, siempre pendiente, de cabeza nos ayuda a caer; sangre por cristales, y ya no caben más. 

Deja al azar que crea, iluso, que controla nuestros planes. Ya se cansará de improvisar. 

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