Fuego sobre el mar

Con los últimos minutos del atardecer provocando al océnao del cielo para engullir el fuego del horizonte, la melancolía se torna instinto primario y, con el hambre resuelto, esta se vuelve máxima prioridad para el cerebro. Sobre las vías y solo en el vagón, es difícil resistirse.

Antes de caer en una espiral de turbias despedidas y futuros que pudieron ser, levanto los ojos para ver si los últimos rayos de sol son pacaces de llegar a su destino. La espiral me atrapa. Resignado, me dejo vencer. 

Lo primero que veo son todas esas promesas autoincumplidas sobre las cosas que quería ser, hacer o aprender. Todas se amontonan en una estantería llena de polvo, junto a las ilusiones que acompañaron (un par de días o incluso semanas) la gestación de esa idea.

Se suceden las despedidas que merecieron la pena, porque pena sólo dejan las personas que en misma cantidad te regalan la satisfacción de haberlas conocido. Compartir un tiempo finito (a veces breve y otras no) con alguien que te hace sentir bien o te complementa siempre es un privilegio. El saber que van a volver hace que no entren en manos de la melancolía, por tanto aquí sólo se guardan los adioses verdaderos.

El entrar en un túnel me hace volver al interior del tren. Veo mi cara reflejada en la ventana; me devuelvo una sonrisa. Sé que todo va bien, lo que pudo ser y no fue hace real lo que ha sido. Y esta realidad me encanta.

 

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